Cosmovisión y tradición de comunidades originarias se conjuntan en la ofrenda “Una flor para cada alma: 20 pueblos, 4 rumbos”

Ciudad de México, 3 de noviembre de 2020.- De acuerdo con la Unesco, el Día de Muertos es una celebración a la memoria, donde comunidades celebran el regreso de sus difuntos a través de un ritual que incluye distintas prácticas como realizar altares, preparar los manjares favoritos del fallecido, colocar flores, velas, entre otros elementos tradicionales.

Sobre esta celebración, la secretaria de Cultura del Gobierno de México, Alejandra Frausto Guerrero, ha comentado que se trata de una tradición viva, con arraigo en todo el país y reconocida a nivel internacional. Este año, dijo, se realiza en una situación especial y distinta, reservando el lado comunitario y centrándose en la intimidad del hogar.

“Lo más importante es que está viva. Este año es un año muy singular, en esta ocasión, esta celebración que tiene un carácter íntimo, familiar, pero también comunitario, debe de ceder el espacio comunitario. Nuestra cultura siempre nos ha salvado, somos pueblo consiente, solidario, en esto tiempos invitamos a esa responsabilidad, a cuidar la vida, a hacer los altares en casa”, dijo.

Este año, en el marco del Día de Muertos, el Gobierno de México, a través del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), la Secretaría de Cultura, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, en colaboración con pueblos originarios, instaló la ofrenda “Una flor para cada alma: 20 pueblos, 4 rumbos”, para honrar a las víctimas de la contingencia por COVID-19.

Dicho altar, que se encuentra en el Palacio Nacional, conjunta conocimientos, riqueza cultural, cosmovisión y la participación de 20 comunidades indígenas que en cada ofrenda muestran los elementos imprescindibles, de acuerdo a sus tradiciones, que las ofrendas de Día de Muertos deben tener.

El Patio Central de Palacio Nacional está decorado con tapetes de aserrín y un altar central donde convergen los elementos tradicionales de los altares: cempasúchil, ceras y maíz.

Las velas, cuya flama, de acuerdo al INPI, es una guía para que las ánimas lleguen a sus hogares, fueron elaboradas por los artesanos Anselmo Pérez Guerrero, originario de Tepoztlán, Morelos; Víctor Clemente Olivo, de Axochiapan, Morelos, y Ramón Ramírez, oriundo de Salamanca, Guanajuato.

El colorido papel picado estuvo a cargo de la artesana Yuridia Independencia Torres Alfaro, quien continúa con las técnicas y conocimientos heredados de anteriores generaciones familiares para realizar este arte.

“En el papel picado se muestra la sensibilidad, la conmemoración por esta fecha. Representa la alegría de la fiesta y el aire, ya que en las ofrendas deben estar presentes los cuatro elementos. Aunque fue todo un reto realizar este trabajo, debido a las dimensiones, todo lo hicimos con muchísimas ganas”, expresó la artista proveniente de la alcaldía de Xochimilco, Ciudad de México.

En cuanto a los tapetes, conformados por aserrín, fueron hechos por Javier Servín, del taller familiar TapeteServin, originario de Huamantla, Tlaxcala, quien comparte que este arte efímero cuenta con más de 150 años de tradición, ya que surge de la combinación de las ofrendas de flores dedicadas a la deidad Xochiquetzal y a la Virgen de la Asunción.

Para adornar, aromatizar el lugar durante la estancia de las ánimas y guiarlas del campo santo a la ofrenda y viceversa, se utiliza el cempasúchil, que, para esta ofrenda, proviene de Xochimilco. Con esta flor se realizaron arcos a la usanza purépecha, los cuales fueron creados por el maestro Enrique Rodríguez.

Además de las comunidades anteriormente mencionadas, también se encuentran 20 altares que conjuntan las cosmovisiones de pueblos originarios de las cuatro regiones del país: oriente y costa del Golfo de México, norte y centro-norte, occidente y sur, y sur sureste.

Por ejemplo, en el norte del país se encuentra la cultura yaqui, de Sonora, quienes para esta festividad levantan el tapanco, una mesa elevada, constituida por una plancha de 30 varas de batamote –llamada tapesti o “descanso de Ánimas”– soportada sobre cuatro horcones de álamo o mezquite, que son sus pilares. Simboliza la propia casa tradicional yaqui, la mesa de la última cena y las costillas de Cristo, pero también evoca la estructura donde, en tiempos prehispánicos, se incineraba a los difuntos. Aquí se colocan otros elementos como un mantel bordado, flores naturales y de papel, frutas, guisos, tamales, galletas, pan de dulce, tortillas y más.

En el caso de la región occidente y sur, se encuentran los elementos de la cultura ñuu savi de Oaxaca, cuyos altares se colocan en una mesa rematada por un arco de flores del cual se cuelgan frutas y pan. Sobre la superficie se deposita el resto de la ofrenda compuesta por mole de guajolote – preparado para la ocasión-, aguardiente, mezcal, tamales, chocolate, memelas de frijol; además del sahumerio con copal, imágenes religiosas, flores, entre otros elementos. Se dejan también algunas sillas para que los muertos descansen de su largo viaje.

En la zona sur-sureste, la cultura maya de Yucatán monta altares al interior de las casas, usualmente con vista a la entrada y dirección a la salida del sol. Sobre una mesa o entarimado se arman tres niveles que se cubren con manteles bordados, en la parte superior es colocada La Santa Cruz, hecha con madera y ataviada con un hipil o paño de tiara. En el altar se disponen diversos alimentos que se sirven en jícaras colocadas sobre bases de bejuco o en vasijas de alfarería.

En la región oriente y costa del Golfo de México, los otomíes de la sierra de Puebla tienen altares que son iluminados por velas, se sahúman con copal e incluyen alimentos como tamales, pan, atole, café; además de bebidas, flores, ceras, entre otros. Para ellos, los altares funcionan como analogías del universo; algunos se componen de dos niveles que representan el cielo y la tierra; otros, en tres niveles: cielo, tierra e inframundo. Resulta fundamental el papel recortado, los curanderos confeccionan deidades y espíritus de los difuntos en adornos de papel como “camas” y “manteles” para las cruces.

El programa de actividades contempla que, hoy, 1 de noviembre a las 19:00 horas se llevará a cabo el encendido de velas en Patio Central de Palacio Nacional, seguido de una ceremonia del pueblo nahua de Puebla, a las 20:00 horas. Mientras que el lunes 2 de noviembre a las 12:00 horas tendrá lugar la ceremonia tradicional wixárika.

Esta ofrenda, en la que el Palacio Nacional se abrió como la casa de los pueblos indígenas de México, se puede visualizar de manera virtual a través de la plataforma Contigo en la distancia (https://contigoenladistancia.cultura.gob.mx) y en los canales del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano (Canal 14, Canal 22, Canal 11, Capital 21), así como redes sociales y páginas oficiales del Gobierno de México.

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