Analizan la presencia del perro mexicano durante el virreinato de la Nueva España

Ciudad de México, 26 de octubre de 2020.- Como parte de la exposición temporal Xolos, compañeros de viaje, que exhibe el Museo de El Carmen, la directora del recinto, Eva Ayala Canseco, dictó una conferencia sobre el tema

En la época virreinal, los españoles tenían una percepción sociocultural adversa sobre las razas mexicanas de perros, al grado de negarlas, pues para ellos, un can era un animal poco noble, que representa muchos aspectos negativos, aunado a que en la Nueva España, se agregaba su relación con el mundo prehispánico y las prácticas que consideraban de idolatría, esto les generaba mucho temor, por lo que decidieron no hablar de estas especies de cánidos, además de borrarlas de las representaciones.

Lo anterior fue referido por la directora del Museo de El Carmen, Eva Ayala Canseco, al dictar la conferencia Tras las huellas del perro mexicano durante el virreinato de la Nueva España, como parte de las actividades complementarias de la exposición temporal Xolos, compañeros de viaje, organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la cual tiene como sede dicho recinto museístico ubicado en San Ángel.

En la cuarta charla del ciclo dedicado a la importancia cultural y biológica de esta especie, trasmitida por la página del museo en Facebook, como parte de la campaña “Contigo en la Distancia”, de la Secretaría de Cultura, la investigadora indicó que los europeos pensaban que el mejor compañero del hombre era el perro para caza, como el representado en las mitologías griegas y romanas, acompañando a las diosas Artemisa y Diana, respectivamente.

Con la llegada del cristianismo, la visión sobre estos animales se vio modificada, y de ser un cazador, un predador que causa miedo, aparecerá con una carga negativa en La Biblia, como acompañante de prostitutas, hechiceras e idólatras, lo que de alguna manera propició que cambiara un poco su representación en la iconografía secular, pues aparece en retratos simbolizando nobleza, lealtad, fidelidad, juventud o, simplemente, como un amigo del retratado.

En la Nueva España, fray Bernardino de Sahagún documentó en el Códice Florentino las percepciones sobre las razas de perros mexicanos. En el libro La historia general de las cosas de la Nueva España, en su volumen cuarto, se habla de los días de buena fortuna, de los auspiciatorios, en los que aparecen los perros, los cuales tenían una carga de buen augurio en el universo prehispánico, aunque también contaban con otra connotación relacionada con la octava casa, donde se dice que las mujeres que nacían bajo ella, lo hacían en malas condiciones.

En el undécimo primer texto, llamado De las propiedades de los animales, se mencionan ya las razas de perros mexicanos, a los que Sahagún describe como tlalchichi, izcuintli, xochcocoyotl y tetlamin o tehuitzon, narrando que en el Nuevo Mundo criaban perros sin pelo, lampiños, a los cuales, incluso, decía que se les untaba una resina que se llamaba oxitl para que estuvieran pelones.

Sobre los tlachichis, comentó Ayala Canseco, el religioso español describía que eran unos “animalitos bajitos, redonduelos y muy buenos de comer”, pues se sabe que en la Conquista, los españoles también, en algunos momentos, nutrían a sus ejércitos con estos perros.

“En el último libro habla sobre los perros que traían los conquistadores, los lebreles, animales grandes y fuertes que fueron utilizados en las batallas para amedrentar a los nativos, técnica conocida como ‘aperramiento’, la cual consistía en lanzarles los perros a los originarios rebeldes para que los mataran”.

Apuntó que algunos de estos feroces cánidos se quedaron sin dueños, por lo que huyeron y fueron adoptados por los indígenas debido a su lealtad, además de ser bravos y buenos cuidando, lo que generó que, poco a poco, las razas mexicanas comenzaron a desaparecer de las urbes metropolitanas de la Nueva España.

Durante la Colonia, en las ciudades había perros “corrientes” que sobrevivían como podían, mientras que los xoloitzcuintles estaban escondidos en el medio rural, donde eran apreciados por sus dueños que, mayoritariamente, eran gente indígena; en tanto, los tlalchichis se extinguieron entre los siglos XVII y XVIII.

“Desparecen por completo por esa dominación de los españoles que niega lo original del país, de tal manera que exterminan a los tlalchichis, pero sobreviven los izcuintlis (que son los perros comunes), y los xoloitzcuintles, en el campo”, puntualizó la directora del Museo de El Carmen.

Ante la gran cantidad de perros callejeros, las autoridades novohispanas legislaron sobre las obligaciones de los propietarios de los perros, exigiéndoles mantenerlos atados en las casas y no dejarlos salir a las calles. En 1571, ya existe un reglamento municipal donde se considera una multa para el dueño por dejar a su can deambular y la muerte inmediata del animal.

“En 1599, se emitió una ordenanza que indicaba que los indígenas de las provincias solo podían tener un perro, por lo que las razas europeas de canes se impusieron. Los españoles relacionaban a los perros mexicanos con la idolatría indígena. El Códice Florentino menciona la presencia de chamanes que se convertían en animales, entre ellos, en cánidos, por lo que en el periodo virreinal se persiguió a los nahuales, por estar asociados con los perros”, expuso.

Debido al aumento de perros callejeros en los espacios de la metrópolis virreinal, en 1709, se suscitó una epidemia de rabia en la ciudad, por lo que se ordenó una matanza de todos los que estuviesen dentro y fuera de las casas, a excepción de aquellos amarrados con cadenas; eran sacrificados en las plazas de Santo Domingo, de Santa Catarina Mártir, Jesús de Nazareno y en el rastro.

Canseco Ayala explicó que en el campo había una percepción diferente del perro, ya que al tener funciones como cuidar la milpa, asustar a los depredadores, ser guardia o jugar con los infantes, se les protegió.

En el siglo XX, continuó, los xoloitzcuintles van a reaparecer en el campo, siendo reivindicados durante la Revolución Mexicana, pues cambia la visión sobre ellos, resurge la idea del nacionalismo, de lo indígena, del pasado prehispánico.

“Aquí los artistas van a tener un papel importante, porque no solamente los van adoptar como mascotas, sino que también los llevan a sus pinturas, en murales, caballetes”, comentó.

Para concluir, afirmó, en el mundo virreinal no se puede distinguir, de todas aquellas matanzas, cuántos fueron de perros mexicanos ni cómo desaparecieron los tlalchichis, por lo que aún queda mucho por estudiar, ya que no hay investigaciones al respecto.

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